El resultado de las últimas encuestas de opinión muestra que
la actuación de Enrique Peña Nieto no ha dejado contento a casi nadie. La
combinación de 12 reformas estructurales, más de las que hicieron juntos su
cuatro antecesores, con el grave multihomicidio de estudiantes normalistas, las
ejecuciones en Tlataya, el fundamentalismo de los populistas,
la torpe y desaseada actuación de la PGR en las investigaciones, se han
combinado con los escándalos de presunta corrupción, la caída del precio del petróleo que origina recortes presupuestales
y la ausencia de un equipo que sepa hacer comunicación social, han encajonado
al Gobierno de la República en la crisis política más profunda desde 1982.
Todos parecen enojados con Peña Nieto. Pocos aún le creen,
pero resulta claro que cada grupo lo rechaza por distintos motivos en los
cuales, el uso de la fuerza publica es denunciado como excesivo por un sector y
como insuficiente, por el otro.
El origen de todo no se remonta a las reformas estructurales
que lastiman intereses creados de grupos, unos, como los maestros de la CNTE,
acostumbrados a utilizar su salario y horario para hacer política, mientras en
sus zonas subyace el nivel educativo más bajo del país. Otros, como los grupos
empresariales de Slim, Azcárraga, Salinas Pliego, acostumbrados a hacer los
negocios con la protección de los tres poderes de la Unión y por tanto siempre
en condiciones preferenciales.
También subyace la campaña de golpeteo que han propiciado
por una parte los sectores conservadores que perdieron la presidencia y por
otra parte, un fundamentalismo político
que a falta de instrucción ha heredado la idea de que el gobierno es culpable
de todo y por todo, incluso, de sus propias limitaciones intelectuales, políticas
y morales, y que cualquier líder que insulte al poder, debe ser visto como Mesías.
Lo que es un hecho, es que a río revuelto lo que abundan son
pescadores intentando colocarse o sacar raja. Van sobre la base de que el
pueblo en general es ignorante,
indolente intelectualmente y ha recibido en los últimos 30 años una pésima
educación, donde el civismo ha estado ausente y, por tanto es fácilmente
manipulable por cualquier Robespierre urbano.
Quizá tengan razón los empresarios que reclaman que no se
haya puesto freno a la actuación de grupos que incluso han llegado a la
beligerancia o al menos, a la delincuencia organizada como la Ceteg. Sin
embargo no protestan por los canales adecuados y su estridencia no es menor ni
menos grave para la imagen del país que la forma fundamentalista de los
organismos que han hecho de la muerte de los 43 normalistas una bandera política
sangrienta y casi inmoral.
Por el caso de Ayotzinapa los padres protestan desde su
dolor, pero los jóvenes de la pequeña y alta burguesía que hacen sus protestas
en los lugares a los que viajan sobre el dinero que han hecho sus padres,
frecuentemente aliados al poder fáctico, no parece tener ninguna congruencia. El
activismo político subsidiado de la Ceteg y sus promotores internacionales que
han venido del extranjero.
Es cierto que la poca probidad de la familia priista (Pero
no menos la panista, la perredista y la fundamentalista) facilita los ataques,
como finalmente lo hacen actuaciones de gobierno incongruente, torpe, falto de
visión.
Hay hechos que parecen accidentales pero que al unirlos
muestran un plan bien delineado. Aristegui, los filmes y series televisivas en
contra del poder (y en el fondo contra la nación) la oportuna actuación de
Ayotzinapa, los viajes de promoción que realizan los padres, los intelectuales
de ese movimiento, que alguna vez se deberá saber quiénes los sufragan. La
inmoralidad, sevicia y autismo de los partidos políticos (Todos) que de pronto solamente se oyen a sí mismos y
buscan ganar espacios sin darse cuenta que al pegarle a una parte en las
condiciones actuales le están pegando a todos. Una clase empresarial que ante
el escenario de un México donde hacer negocios sin tráfico de influencias y
contra jugadores internacionales más fuertes, los aterra. Una izquierda
absolutamente populista acostumbrada hacer política mostrando que todos son
corruptos mientras los hechos los llena de sangre. Una derecha a que siempre
queda ciegas ante los árboles que le impiden ver el bosque. Y finalmente, un
periodismo absolutamente inmoral, antiprofesional, dogmático e incapaz de ir al
fondo de los hechos.
Todo eso tropieza con un pueblo analfabeta políticamente,
donde la ignorancia es un patrón que recorre todos los deciles económicos,
donde la educación cristiana de buscar al caudillo mesiánico está presente. Una
clase intelectual que busca conservar sus migajas y que acostumbrado a
sobrevivir en camarillas o cofradías son incapaces de retratar una realidad que
está más cerca del caos que del cambio. Un pueblo sin autocrítica y
profundamente desnacionalizado, que busca en patrones internacionales sus
banderas. Unos ven a Venezuela, más cerca del estallido que nosotros, otros ven
a Estados Unidos, ubicado al menos a 50 años de civilización.
Y la red juega una parte grande en esto, pues de pronto se
piensa que propalar en ella cualquier mentira, es políticamente adecuado,
socialmente responsable y moralmente indicado, pues finalmente no le pega a las
estructuras políticas del país.
Es claro que en este río de idioteces hay jugadores del
capital y del segundo, tercero y hasta cuarto mundo, que buscan ampliar su
participación. Es claro que la derecha, el centro y la izquierda, apenas si lo
perciben. Es obvio que la clase intelectual o está pagada para callarse o
atacar o, simplemente, se acostumbraron a administrar su propia imagen.
La realidad es que quizá llego el tiempo de que los mexicanos analicen cuántos se podrán exiliar en Miami o en Europa y cuando tendrán que quedarse a vivir en este caos, donde como lo marca la historia, cualquier militar ambicioso, cualquier loco mesiánico o incluso hasta un microbusero, se puede adueñar del poder y hacernos pasar del caos actual a un río de mierda.


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